Sí, y bien asustado…
La sensación de caerse al vacío es algo que casi todos hemos sentido alguna vez al dormir. Pero en mi caso no era un sueño: realmente me estaba cayendo de la cama.
¿La razón? Nuestra cama está “invadida”. Gracias a mi esposa; con nosotros duermen tres perros. Y uno en especial, Max, se pega tanto a mí que termina empujándome al borde. Yo, claro, trato inconscientemente de no aplastarlo porque si lo hago, ¡el enano pega un grito! Y mi esposa, como siempre, diría:
— “¡Cuidado con Max, no lo vayas a aplastar!”
¿Y yo? ¡Nada de consideración para mí!

En la mañana, lo primero que veo al abrir los ojos es la nariz de Max.
Entreabre los suyos, se estira y con total desparpajo me coloca las patas en la cara como si yo no existiera. Él vuelve a acomodarse… ¿y dónde quedo yo? Como siempre: al borde de la cama, a punto de caerme.
La cama no es pequeña, es una Queen, suficientemente grande para todos. Pero no hay caso: esto pasa todos los días. Y si algún día me atreviera a decir:
— “¡¿O los perros en la cama o yo?!”
Tengo la ligera sospecha de que me mandarían a dormir al otro cuarto… en la cama chiquita. Así que no choice: a dormir con los enanos.
Creo que voy a comprar un gran almohadón para ponerlo en el piso de mi lado. No vaya a ser que un día de verdad me dé un porrazo. Al menos, por lo menos, no me va a doler.
Relatado por: Carlos A. Torres